CAPÍTULO IV
Era sábado por la tarde.
Habitualmente Alan no trabaja los fines de semana pero en esta ocasión había
ido a Lisboa a un pequeño congreso organizado por su entidad.
Aproveché para ir a visitar a mi
madre que vivía a dos horas en coche. Hablé con Alan por teléfono cuando llegué
a casa de mi madre.
- Hola cariño, ¿qué tal el vuelo?
– le pregunté en cuanto cogió el móvil.
- Oh, muy cansado – me respondió
con su acento francés – ya sabes que me horroriza volar, pero ha sido un vuelo
tranquilo. Ahora estamos en el hotel. Me daré una ducha, desharé el equipaje y
bajaré a cenar con unos cuantos colegas. Los jefazos quieren que salgamos a
tomar algo esta noche ¿qué te parece?
No me lo podía creer ¿es que me
estaba pidiendo permiso? Jamás me había pedido permiso para nada porque jamás
había hecho falta, desde luego. Él era completamente libre de hacer lo que
quisiera, siempre y cuando nos respetara, a mí y a los niños como su familia
que éramos. ¿Qué pasaba entonces?
- Alan ¿qué ocurre? – le pregunté
con más ansiedad en mi voz de la que me hubiera gustado mostrar - ¿Desde cuándo
necesitas mi permiso? ¿Estás bien de verdad?
- Claro cariño, - respondió, y no
se por qué no le creí – todo va bien, solo me preguntaba si estaría bien salir
de copas con un montón de hombres deseosos de juerga. Ya sabes que no soy muy
dado a la fiesta. Solo pedía tu opinión.
- Oh – salió por mi boca casi sin
querer – Haz lo que te apetezca. ¿O quedarás demasiado mal si no vas?
- Eso me temo – respondió
Se produjeron unos segundos
interminables de silencio.
- Alan … - mi tono de frase
inacabada terminó por desvelar su preocupación
- No se, Becky – dijo al fin – tengo un mal
presentimiento. Tengo la sensación de que la noche no traerá nada bueno. Quizá
si me mantengo lejos no me salpiqué. He oído que quieren trasladar gente y …
despedir a otros.
Eso era. Le preocupaba hacer algo
mal o fuera de tono y que le reprendieran por ello. Alan no solía beber más
allá de un par de cervezas; seguro que le preocupaba el verse obligado a tomar
más alcohol del que podría soportar y lo que pudiera hacer o decir en ese
estado, estado siempre imaginado por él porque, desde que yo le conocía, jamás se
había emborrachado, ni siquiera se había puesto alegre por tomar dos copas de
más. Era un hombre muy controlado. Me mantuve callada. Sabía que no había
terminado de hablar.
- Seguro que no es nada.-
continuó - Que solo se trata del mal
rato que he pasado en el avión y el mal cuerpo que tengo. Me daré una ducha y
después lo decidiré.
- Bien – le contesté- creo que
esa es una buena decisión señor Sauvent. ¿Hablamos mañana?
- Claro. Te llamaré antes del
almuerzo. Un beso, cielo.
- Un beso – le respondí.
Aproveché para ir a visitar a mi
madre que vivía a dos horas en coche. Hablé con Alan por teléfono cuando llegué
a casa de mi madre.
- Hola cariño, ¿qué tal el vuelo?
– le pregunté en cuanto cogió el móvil.
- Oh, muy cansado – me respondió
con su acento francés – ya sabes que me horroriza volar, pero ha sido un vuelo
tranquilo. Ahora estamos en el hotel. Me daré una ducha, desharé el equipaje y
bajaré a cenar con unos cuantos colegas. Los jefazos quieren que salgamos a
tomar algo esta noche ¿qué te parece?
No me lo podía creer ¿es que me
estaba pidiendo permiso? Jamás me había pedido permiso para nada porque jamás
había hecho falta, desde luego. Él era completamente libre de hacer lo que
quisiera, siempre y cuando nos respetara, a mí y a los niños como su familia
que éramos. ¿Qué pasaba entonces?
- Alan ¿qué ocurre? – le pregunté
con más ansiedad en mi voz de la que me hubiera gustado mostrar - ¿Desde cuándo
necesitas mi permiso? ¿Estás bien de verdad?
- Claro cariño, - respondió, y no
se por qué no le creí – todo va bien, solo me preguntaba si estaría bien salir
de copas con un montón de hombres deseosos de juerga. Ya sabes que no soy muy
dado a la fiesta. Solo pedía tu opinión.
- Oh – salió por mi boca casi sin
querer – Haz lo que te apetezca. ¿O quedarás demasiado mal si no vas?
- Eso me temo – respondió
Se produjeron unos segundos
interminables de silencio.
- Alan … - mi tono de frase
inacabada terminó por desvelar su preocupación
- No se, Becky – dijo al fin – tengo un mal
presentimiento. Tengo la sensación de que la noche no traerá nada bueno. Quizá
si me mantengo lejos no me salpiqué. He oído que quieren trasladar gente y …
despedir a otros.
Eso era. Le preocupaba hacer algo
mal o fuera de tono y que le reprendieran por ello. Alan no solía beber más
allá de un par de cervezas; seguro que le preocupaba el verse obligado a tomar
más alcohol del que podría soportar y lo que pudiera hacer o decir en ese
estado, estado siempre imaginado por él porque, desde que yo le conocía, jamás se
había emborrachado, ni siquiera se había puesto alegre por tomar dos copas de
más. Era un hombre muy controlado. Me mantuve callada. Sabía que no había
terminado de hablar.
- Seguro que no es nada.-
continuó - Que solo se trata del mal
rato que he pasado en el avión y el mal cuerpo que tengo. Me daré una ducha y
después lo decidiré.
- Bien – le contesté- creo que
esa es una buena decisión señor Sauvent. ¿Hablamos mañana?
- Claro. Te llamaré antes del
almuerzo. Un beso, cielo.
- Un beso – le respondí.
CAPÍTULO III
Desde que nacieron mis hijos tengo escasas ocasiones de escaparme allí a otra cosa que no sea trabajar. Pero antes de su nacimiento lo hacía. Es el lugar donde puedo pensar con claridad, donde puedo distanciarme de las cosas y decidir sin sentirme presionada. Cuando murió mi padre sentí tanta pena que no había lugar en el universo donde pudiera refugiarme. Mi marido me cogió de la mano y me condujo hasta mi despacho.
- Aquí estarás bien – me dijo – Aquí puedes llorar. Traeré café caliente y algo de comer un poco más tarde.
Al cabo de dos horas apareció con café, croissants, una manta y una almohada. Pasé allí dos días. Después, salí recuperada, asumí el dolor y aprendí a vivir sin él.
Siempre he pensado que llegará un momento en el que pueda retomar mis viejas costumbres, que nuestros hijos ya no necesiten que su padre y yo estemos tan dedicados a sus necesidades. A mi marido y a mi nos gusta pasar tiempo juntos en casa. Cocinando juntos, más bien él cocina y yo el hago de pinche, pero es divertido y gratificante; y también salir a tomar una cerveza a alguno de nuestros lugares preferidos, como el viejo bar situado en una de las calles del barrio antiguo, donde Samuel nos atiende con tanta amabilidad siempre que vamos. El bar de Samuel, el Viejo Tren se llama, es el lugar más viejo que yo haya visto jamás en cuestión de locales. Parece que se fuera a caer de un momento a otro y, sin embargo, es un lugar acogedor, tranquilo, discreto y muy limpio. Nos gusta ver películas acurrucados en el sofá más pequeño y haciendo equilibrios con un bol de palomitas y unas coca colas apoyadas en la mesa y casi siempre difíciles de alcanzar.
Lo mío es una existencia de lo más normal. De lo más normal si no fuera por lo que me ocurrió hace unos meses. Algo que estuvo a punto de volverme loca, o más loca aun.
CAPÍTULO II
Tengo una pequeña consulta privada como psicóloga en un barrio cerca del centro de la ciudad. Nunca me gustó llamar la atención ni que mis pacientes la llamaran (a ellos seguro que tampoco), así que en portal no hay placa que rece con mi nombre ni tampoco la hay en la puerta de acceso a la consulta. Es un lugar pequeño pero acogedor, con los suelos de madera color avellana, las cortinas de un suave lino beige colgando de una barra de madera fina color caoba. La persona que me ayudó a decorarlo entendió a la perfección mi sentido de la comodidad y del confort. Un espacio cálido, que no estuviera en absoluto recargado, en el que cada persona sintiera un espacio a su alrededor, el suficiente para no sentirse agobiado y a la vez para poder sentirse protegido. Un lugar en que uno pudiera dejar todos sus sentimientos, desde el más preciado hasta el más repudiado, sabiendo que quedarían allí, guardados y resguardados de la intemperie, de la aplastante realidad. Dispone de una pequeña sala independiente donde los pacientes pueden esperar si han llegado demasiado temprano. Está amueblada en los mismos tonos que el resto y dispone de una pequeña mesa de centro con unas cuantas revistas, casi siempre atrasadas porque no suelo leer prensa rosa (ni de ningún otro color, la verdad) y a menudo olvido comprar nuevos números, un pequeño sofá biplaza de cuero blanco. Suele sonar alguna pieza de música clásica en un tono apenas perceptible pero lo suficientemente alto como para envolver la habitación en una ansiada calma. Mi despacho dispone de una mesa, la cual se encuentra casi siempre atestada de cosas en su parte izquierda. Soy una imperdonable desordenada ordenada, si es que se pueden unir ambos términos. Necesito tener ciertas cosas “a mano” y por eso las tengo allí, en un desorden inentendible para cualquiera, menos para mi. Detrás de mi hay un enorme ventanal. Cuando tengo un rato me asomó y dejo volar mi imaginación a través de él. El piso está situado bastante alto respecto al resto de los edificios. La verdad es que es un edificio, que si no fuera por su arquitectura a lo Frank Owen Gehry, resultaría abominable en aquella calle, donde los edificios no tenían más de cuatro plantas. La altura me regala unas vistas impresionantes del valle que rodea la ciudad. Imagino perdiéndome por la montaña en un paseo interminable mientras el sol se cuela entre los árboles. Soy capaz casi hasta de oler la fragancia de sus flores, de la hierba mojada por la reciente lluvia. Mi sillón, de cuero marrón chocolate, hace juego con las dos pequeñas butacas que se encuentran al otro lado de la mesa. Las paredes se adornan con dos pequeños cuadros que me regaló una buena amiga, pintora de profesión, cuyo tema fetiche son las flores. En uno de ellos se ve un campo de girasoles a lo lejos, mientras en el frente se ve un carro tirado por dos bonitos caballos blancos y conducido por un apuesto agricultor; en el otro se ve un inmenso campo de amapolas rojas. Es tan luminoso que, aunque el sol no aparece en él, no cabe duda de que está ahí. Me gusta mi despacho; es una extensión de mí y de cómo me gusta sentirme, aunque no siempre lo consiga.
CAPÍTULO I
Soy una persona normal. Tan
normal como la mayoría de las personas que vemos por la calle. O sea, nada
normal. Porque, ¿se han fijado alguna vez lo poco normales que somos los seres
humanos? Nos pasamos la vida intentando hacer lo que es normal. Lo que nos
iguala, a veces lo que nos distingue, por
lo que es fácil pensar que de normales tenemos poco.
Me llamó Rebeca Marfen, aunque
todos mis amigos y seres queridos me llaman Becky. No es que me importe mucho,
pero ese era el nombre con el que me llamaban de niña y, a veces pienso que
algunas personas de mi entorno se quedaron con Becky y no evolucionaron con
Rebeca. Aun así me agrada, porque denota cariño y cercanía.
Digo que soy normal porque en
realidad mi existencia no tiene nada de particular comparada con la de tantos
millones de personas del mundo rico. Vivo en Europa. Soy una mujer de treinta y
tantos años, casada, con dos hijos, una hipoteca sobre nuestra casa, a la que
le quedan muchos años por pagar, y un pequeño trabajo en el sector
independiente que hace que la vida de mi familia sea un poquito más holgada.
Voy a comprar con mi marido los viernes por la tarde al salir del trabajo, y
los fines de semana voy al parque con mis hijos. Me gusta verlos disfrutar como
si el tiempo no fuera importante. Eso tiene la infancia. Todo parece ir con
suma lentitud, parece que nunca van a llegar las cosas, que nunca llegará el
primer día de colegio, o tu cumpleaños…
Mi marido trabaja en un banco, es
el director de su sucursal, lo cual es bueno y es malo. Bueno porque su sueldo
es bueno, malo porque tiene muchas responsabilidades, pero él hace que todo sea
fácil y lo lleva con elegancia. Alan era de origen francés. Su padre emigró
cuando era muy joven; encontró un trabajo y conoció a la que, según palabras
textuales, era la mujer de su vida, de esta vida y de todas las venideras si es
que eso era posible. La madre de Alan murió cuando él aun era un niño. Nadie
sabe bien qué pasó. Cuando Antonio, el padre de Alan, llegó de trabajar se la
encontró plácidamente echada en la cama. Parecía dormida, con su rostro casi
sonriente, luminoso y cálido. Hacía poco que su corazón se había parado. Nadie
entendió qué es lo que había ocurrido para que ella estuviese en la cama.
Catherine era una mujer tranquila pero increíblemente activa. Nunca se acostaba
por el día, ni siquiera se sentaba, más que para comer junto a su familia.
Atendía su casa, a su marido, a Alan y a su pequeña hermana Cristine; dos días a
la semana acudía, junto con dos buenas amigas, a un hogar de ancianos. Allí hacían
talleres con los ancianos, charlaban con ellos e incluso ayudaban a las señoras
a arreglarse el pelo y las uñas. Y todo siempre con una agradable sonrisa en su
rostro. Según decían todos los que la habían conocido transmitía serenidad el
mero hecho de estar en su compañía. La verdad es que me hubiera gustado
conocerla, aunque seguro que no más que a Alan le hubiera gustado seguir
disfrutando de su educación.
Nos conocimos estudiando en la
universidad, otra cosa bastante habitual, nos enamoramos y al terminar nuestros
estudios él encontró trabajo y nos fuimos a vivir juntos. No es que no me
enamorara perdidamente, solo que ya no lo recuerdo. Hace demasiado tiempo. Nos
queremos, eso es seguro, y nos entendemos a la perfección. Diría que casi somos
capaces de leer el uno la mente del otro. Esto es importante en la convivencia
y en la educación para nuestros dos retoños, los cuales se empeñan una y otra
vez en ponernos a prueba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comunícate conmigo. Déjame ver tu interior.